18/12/09

(fragmento)



Soy la promesa silenciosa de una lengua

destruí al perder el silencio del que aún no nace
otro rol lo carga el grito
el viejo impuesto en una mano, una herida
eterna se fijó en mi palma
nació por entre mis piernas la palabra
me inundaba la poesía entre gritos
me miré por vez primera

hombre/mujer
sin tierra.


temblaba
en el piso helado: el cuerpo

desnuda envuelta en un toallón
mojada por el agua o la presión:

cae.

Durmió por el día
las piernas con temblores contrastan,
una cara de ojos que se hunden

falleció una brevedad mientras temblaba
la sequedad de su boca gimió espuma.

Sus ojos en el recuerdo la observaron:
su cabeza como un charco en la tierra del cerámico.

La sal bajo la lengua fue la duda.

(desde allá)


temblaron los huesos
la codificación anudó tensiones
el silencio comprendió las formas
los cuerpos o su reflejo palidecieron.


Descarnó la piel por llagas tras los ojos
el felino tosió y la noche rió sombras.
Mis manos acariciaron, silentes,
fantasmas venideros, gimió dolores.


Alcohólica la confesión desvistió máscaras
el rito llamando al silencio fragmentó los versos.


Toda yo temblé al clamor del homicidio por la palabra.


Pidió el favor,
dejame ayudarte dejame.
Salté hasta la luna
me desembaracé de huesos mientras pude.

03/12/09

No podía subir el tono. Sabía que cualquier ruido fuerte la sacaría de la cama, y eso era lo que menos quería. Cuidadosamente abría las puertas de los armarios y modulares, limpiaba con paño de tela cada muestrario, soplaba con maternal delicadeza las alas, las colas de los insectos clavados sobre el raso humedecido. Limpiaba y afilaba con envidiable soltura los cuchillos almacenados en el mueble de la cocina. Podía pasarse horas, que de hecho se pasaba, limpiando de a uno cada cuchillo: filos de plata de distintos grosores y largos, con muescas y grabados diferentes, mangos de marfil, de hueso curtido, de cuero, de madera. En la alacena tenía productos específicos para cada material. Llegadas las seis, desplegaba todo su arsenal de limpieza sobre la mesada, ordenaba en rigurosas hileras las botellas más grandes de un lado, las medianas y luego las pequeñas, manteniendo un orden en el cambio de color de cada producto. Así, parecía una bandera de colores tropicales construida sobre la mesada. Usaba de a uno cada producto, según el orden jerárquico de los cuchillos, y siempre devolvía el frasco o pote plástico al mismo lugar que había ocupado anteriormente. Todo esto en un silencio que hasta podía considerárselo sospechoso. Detrás de una de las puertas dormía ella, siempre había dormido detrás de esa puerta, y parecía que había dormido toda su vida en esa misma habitación. Nadie podía recordarla despierta, nadie sabía decir cómo era su voz, cómo su modo de caminar, cómo su mirada ante el enojo. Sólo se sabía el terror que generaba en sus allegados, de los cuales sólo quedaba Alejandra en pie. Los cuchillos habían sido herencia paterna. Nadie apreciaba más la relación con esos cuchillos que (...)

26/11/09

La puta le decían. Su dueña le gritaba puta y no la golpeaba porque las marcas sólo restaban en las posibilidades de cobro. Puta no se llamaba, pero no importaba el nombre. Ella no se llamaba a sí misma, y no necesitaba que la llamaran cuando Paco, Jorge, Andrés, Laura o Elián venían a buscarla. Clientes regulares los llamaba la dueña. A ella le gustaba llamarlos por sus nombres. No así a la inversa. Pero importaban más las palmadas en la cola, los jugueteos y las progresiones hacia un erotismo que variaba según la noche y según el cliente. La puta gritaba algunas noches. Cuando sangraba y la dueña no compraba algodón suficiente, gritaba desnuda en el patio de la pensión. Ya nadie se asomaba para oírla, pero todos la miraban desde sus escondites secretos. Plácidas habitaciones o baños con toallitas hipoalergénicas y sexo seguro una vez al mes. La puta no pedía eso. Ella sólo gritaba. El sexo seguro era lo mismo que el anticonceptivo que falla. La puta no había nacido para la enfermedad física, ni mucho menos para la maternidad como anclaje. La dueña la maldijo el día que le cosió la concha, cansada del abuso de poder de su hasta entonces protegida. Con una aguja fina e hilo blanco grueso, la ató a una camilla de ginecólogo, un elemento usual en una casa como aquella, y se ocupó con admirable lentitud del proceso. La puta no lloró ni una vez. Luego de dos días la dueña le quitó los hilos y la dejó hasta sanar. La puta perdió parte de la sensibilidad más necesaria para el oficio, pero ganó en un rencor que le permitió disfrutar aún más de cada cliente.
De unos 60 años, la dueña la miraba salir en sus altos tacos mientras se guardaba el  rollo de billetes en el escote. Sentada en una banqueta roída, esperaba a que se cumpliera el turno para mandar a bañar a su puta. Le gustaba verla desnuda, parada dentro del gran balde, refregándose las manchas de semen seco y saliva transpirada. La obligaba a bañarse así. El único modo de que el pudor no irrumpiera luego en alguna de las sesiones. Pero bajo la piel la puta guardaba la misma aguja y el mismo hilo que sirvieron para coserla entonces.

21/11/09

a C.

14.
Me desnudo ante la negativa que callo
la loca (porque sí está loca)
se baña en la fuente del poema.
Las huesos de su cuerpo
mascar los huesos de su cuerpo.

12.
escaparme de mí para en mí
porque acercarme
me apena.

10.
Se enciende la noche
Ella teme la sucia mano
el artificio la reproduce
hasta la irrealidad del verbo.

9.
Su espalda se quiebra
autómata del cuerpo
deviene en cicatriz por mis dedos

8.
En el cristal solamente
la razón me introduce al silencio
aprendí a amar lo que duele.

7.
Se deshidrata la sombra
enfrenta la mirada pero escapa
lo que hay detrás
un nombre, el Nombre.

5.
   amour fou
mascar el tabaco de sus dedos
El tiempo es la ingenua yaga
del recambio.

4.
Bifurcación del sueño.
dos puertas, seis llaves
una espiral en el centro del poema.
Despertar
(porque hay que llamarlo de algún modo)

3.
Intelección de la extranjera lengua
extranjera clave
busco el centro en tu presencia
aunque tan lejano...

2.
Fricciona la imagen
perfora una, otra vez
sangra el jugo del éxodo.

1.
nazco y luego
dormir en el goce.

14/11/09

obligarme a la desidia
de esa obligación de techos y medidas
donde la aguja es el espacio
de un estómago o la repulsión
del petitorio pero
obligarme a la desidia
y no poder renunciar
al cairel de los ojos que callan
cuando en la virtualidad del respiro
    todo calla.

Esperar a que la excusa valga para todo
mientras se arrastran las suelas de los libros
y se pide:
carta documento fechada el 16 del seis,
que se termine, por favor, que se termine.

13/11/09

Hembra

Hembra que entre mis muslos callabas
            de todos los favores que pude prometerte
te debo la locura.


L.M.Panero

10/11/09

porque lo eterno entre una boca y otra boca se mide en ciclos. El conjunto en que se contiene la bebida de lo que muere. Luego, sin embargo, dicho de otro modo. ¿Por qué el silencio es esa imagen siempre presente?

Ya no poder desnudarme de mí misma.

06/11/09

Suave, su muñeca palpa la hendidura
broto como erupción latente.
El olvido, mi coraza y la maldad, la excusa.
No hay locura tras el primero de los nombres
porque antes hubo el silencio,
pero antes:

afán por envejecer las manos y tocar con arrugas
la tersa piel del niño.
Una mujer, anhelo una mujer entre los dedos
y hundirme en la carne,
insomnio por el que mantengo al verbo

nunca esclavizar la carne
pero tan frágil es la dulzura de lo que ingresa.